El local ya vende a los contingentes. Lo que quedó viejo es la operación: pedidos en papel, listados con resaltador, firmas de retiro. Este sistema la trae a hoy — rápido, práctico, intuitivo — y convierte cada visita en más venta, más show y menos horas de trabajo mecánico.
Se toma a mano, se cobra, y al final alguien revisa papel por papel para cerrar el día. Tres o cuatro tareas encadenadas que se comen horas del personal en cada visita — puro trabajo mecánico que no vende nada.
El pasajero dicta nombre y apellido, alguien lo busca en el listado, lo resalta, le hace firmar el retiro. Multiplicalo por 60 chicos apurados por subirse al micro: una fila entera de fricción en el peor momento.
Esta venta es por impulso: la charla y la cata encienden las ganas de comprar YA. Cada minuto de fila es tiempo para repensarlo — "¿lo necesito?", "mejor guardo la plata" — y lo que tanto costó encender se muere esperando en la cola.
Todas esas horas son de tu equipo. Con el sistema, la mecánica la hace el escáner — y ese tiempo vuelve a donde suma: atender mejor, vender más, o que el personal llegue a su descanso sin una pila de papeles esperando.
Desde que el micro frena en la puerta hasta que se van con la bolsa. Todo esto ya está construido y funcionando.
Un QR en la pared del salón. El pasajero lo escanea con la cámara y entra: no baja app, no se registra, no pone clave. Un escaneo y está adentro — y vos ya sabés que llegó.
Toda la tienda queda cargada en su celular: fotos grandes, combos, precios y descripciones. Deja de depender de la vitrina y de la fila — tiene el catálogo completo en la mano para el momento de pedir.

Primero la cata: prueban el chocolate y se enganchan. Después la charla y el show, con toda la atención puesta ahí — sin celulares que distraigan. Recién cuando termina, el que quiere pedir abre la tienda desde su celu y arma su pedido, sin fila.
El pasajero arma el pedido en su celu, en caliente, apenas termina el show. Llega a la caja con un QR, la pistola lo lee — quién es, de qué banda, qué pidió — y cobra. Segundos, no minutos: la cola desaparece y las ganas llegan vivas al ticket.
La caja escanea el QR del pedido y la entrega queda confirmada en el momento. Nada de dictar nombre y apellido, buscarlo en el listado y hacerlo firmar. Él se va sonriendo con su bolsa — y vos ya tenés el pedido cerrado: quién compró, qué se llevó y cuánto pagó.
Esto es lo que ve el egresado en su celular, tal cual está andando hoy. De escanear el QR a retirar su pedido — cada paso empuja la venta.

Escanea el QR del salón y ya está adentro, con su banda y su giro.

La tienda completa en su mano: combos, fotos grandes, precios.

Cada producto con su detalle y qué incluye. Como una app de delivery.

Comprando más desbloquea el Giro Dorado: el premio hace crecer el ticket solo.

Para probar ahora, para regalo o mitad y mitad — con seña y precio congelado.

Le queda un QR con su pedido. La caja lo escanea y cobra en segundos.

Ve qué debe, qué retira y cuándo. Nada se pierde, nadie reclama de más.

La compra desbloquea giros. La ruleta reparte premios que traen de vuelta a la tienda.

Los premios suman Coronas a su banda: la competencia entre colegios vende sola.
→ Deslizá para ver el flujo completo
No es entretenimiento porque sí. Cada mecánica está pensada para que jugar sea un motivo para comprar más.
La ruleta de la realeza. El coordinador la dispara, gira toda la banda y se gana un beneficio real que se aplica solo en el carrito. Descuentos, la Llave, premios al Cofre. Ganaste algo, lo querés usar, comprás.
El juego de memoria que opera el coordinador desde la tablet y se espeja en vivo en la TV. Cartas que "se dan vuelta" contra reloj y anti-trampa real. Compite el grupo, lo mira todo el salón.
No es una maqueta ni una idea: está construido, andando y probado con grupos reales.
Entra por QR, navega la tienda, arma su pedido, juega y guarda su carnet con las Coronas de su banda. Es el vendedor que trabaja en 60 bolsillos a la vez.



El panel de caja corre en la computadora del local y jubila el papel: escanea el carnet o el QR del pedido con la pistola USB y resuelve todo — quién es, de qué banda, qué pidió, cuánto paga. Tomar, cobrar y entregar son tres escaneos, no tres planillas. Y el cierre del día se arma solo.


Producto destacado, especialidades con su lista de precios, el Super Giro en vivo. Vitrina digital que cambia desde el panel y cartel que trabaja solo mientras el grupo está en el local.


Todo se toca desde acá, sin depender de nadie: precios, combos, fotos, descuentos, comisiones, qué muestra cada TV. Ves los pedidos en vivo y cerrás caja al final del día.




Pedidos en vivo, catálogo completo y la carga de un producto nuevo: nombre, precio, foto y listo — en dos minutos.
El cartel del local es estático. Tu pantalla no. Lo que se muestra —y lo que se empuja a vender— lo decidís vos, en el momento, desde el panel.
¿Se te acabó el stock de algo? Lo apagás con un toque y desaparece de la tienda y de la TV al instante. Vuelve el stock, lo prendés. Nunca más vender lo que no tenés.
¿Sobra un combo? ¿Querés destacar lo premium hoy? Lo mandás a las pantallas y a los destacados de la tienda cuando quieras. Rotás la vidriera según tu estrategia del día, no según lo que entra en el mostrador.
Un producto en cada TV del salón, lado a lado, manejados desde un solo panel. El grupo ve la diferencia y el más caro deja de asustar. La comparación vende sola: sube el ticket sin que nadie insista.
Agrupás y destacás lo que conviene: la colección "Los más elegidos", los combos, las promos del día. La tienda del pasajero muestra primero lo que a vos te sirve mover.


Un producto en cada TV, lado a lado: el showman los cambia desde el panel y el grupo ve la diferencia al instante.
No son funciones sueltas. Son palancas de facturación, y las manejás vos desde el panel.
Armás combos con la ganancia que quieras y el pasajero los ve grandes y con foto, no perdidos en un cartel. Precio y descuento los editás vos, cuando querés.
El beneficio ganado en el Super Giro se mete solo en el carrito. Ganó algo, quiere usarlo, compra. El show y la caja tiran para el mismo lado.
Comisión por coordinador, calculada sola y editable desde el panel. El que decide si el micro para acá tiene un motivo concreto para elegirte.
Los que ya traen el kilo en el paquete quedan identificados y el retiro se confirma escaneando el carnet. Se acaba el "yo ya lo pagué" que no podés verificar.
Lo prendés cuando te sirve y ponés el valor que quieras. El extranjero entiende el precio de una y no duda.
La idea es que el pedido se pague sin tocar la caja: transferencia al alias del local, o pasarela de Mercado Pago. El sistema marca el pedido como pagado y el pasajero pasa solo a retirar.
Cada producto lleva el mismo código que ya usás en tu sistema. No cambiás de POS: se concilia al cierre y listo.
"Seguinos y entrás al sorteo", en la pantalla grande, con el grupo mirando. Seguidores reales de gente que estuvo en el local.
El listado de cada contingente ya existe — pero vive en un sistema viejo que no se conecta con la venta. Acá cada pasajero queda vinculado a lo que realmente compró: nombre, colegio, ciudad, ticket y productos. Deja de ser un registro muerto y pasa a ser inteligencia comercial.
Toda esa información se guarda sola, visita tras visita. Con el tiempo te deja saber qué colegio compra más, qué coordinador rinde y cuánto vale de verdad cada micro que frena en la puerta. Dejás de operar por intuición.
La mejor forma de entender esto no es una presentación: es verlo funcionando con 60 egresados adentro del local. Armamos una visita, lo prendemos, y comparás dos cosas contra cualquier otro día: la caja — y cuánto trabajo se sacó de encima tu equipo.
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